Acerca de

Me llamo Eduardo Vera-Palomino y escribo desde Ica, Perú.

Estoy aquí para animarte si estás en el proceso de hacerte una carrera e independizarte. Animarte a que actúes para ganarte la vida por tu propia cuenta, sin esperar a que la universidad o el Estado hagan las cosas por ti. Animarte a dejar atrás el discurso tóxico y victimista de los noticieros y a que, más bien, alimentes tu mente con sueños de armonía e ideas de éxito.

En este blog te hablaré de ser independiente, de crear valor para conseguir riqueza, de hacernos fuertes para enfrentar las situaciones del día a día. Aprenderás a hacerte responsable de tu propia formación, a buscar soluciones al alcance de tus manos y a mirar el mundo con optimismo.

Si te gusta lo que escribo y quieres invitarme un café con leche y chocolate, envíamelo por PayPal. También ofrezco servicios personales como traductor, transcriptor y auxiliar de contenido y diseño en Mirimiri.

Esta es mi historia

Nací en Ica un atardecer de mayo de 1992. Crecí, fui al colegio, me enamoré y me desengañé, como todo el mundo.

A los catorce años manejaba bien los programas ofimáticos y de diseño, sabía algo de ensamblaje y había comenzado a aprender programación por mi cuenta. Tenía claro que quería dedicarme a algo relacionado con la informática y la escritura en el futuro. Sin embargo, por alguna estúpida razón acabé postulando a medicina humana, y entre el 8 de marzo de 2010 y el 20 de diciembre de 2016 asistí a sus clases en la universidad pública de mi ciudad.

Aprobé hasta el noveno ciclo y dos cursos del décimo, entre ellos: biología molecular, teoría de sistemas, todo lo referente a estructura y función del cuerpo humano, salud y comunidad, farmacología, agentes infecciosos, patología, semiología y medicina interna, además de metodología de la investigación, informática e inglés médico.

Por supuesto, jalé y repetí cursos varias veces. De hecho, en primer ciclo jalé cinco de nueve. Tal como dejo entrever en mis Razones para no estudiar medicina, si vas a la universidad por los motivos incorrectos y con la actitud equivocada, tarde o temprano acabarás estrellándote contra la realidad y cuestionándote si esa profesión realmente se corresponde con tu forma de ser, tus intereses y tus valores.

A pesar de estar en esa carrera, nunca dejé de lado mis aficiones de adolescente; más bien, a través de estas adquirí otras nuevas. Por ejemplo, antes de ingresar a la universidad había conocido el mundo del desarrollo personal (que, para tu información, jamás lo enfocamos como tal en medicina). También descubrí la cultura japonesa, con su idioma de miles de caracteres, su estilo visual de armonía y kawaii y su música cuyos mensajes positivos no hallaba en español.

Hacia mediados de 2012 me di cuenta de que me identificaba (y me identifico) más con el ideal del polimatismo: si bien me sentía cómodo leyendo sobre medicina, también me interesaban (y me interesan) otras áreas como la informática, los estudios generales, la fotografía, el turismo, la biología y la psicología. A estas se les unirían después la farmacología, la investigación, el derecho y la economía.

Justo por ese tiempo, me encontré con la idea de que es posible ganar dinero por Internet con un blog y trabajando como freelance que ofrece servicios tan simples como redactar artículos o elaborar presentaciones, ¡algo que hacía cada semana en la universidad! No solo eso, podría ganar por Internet incluso más de lo que obtendría como médico especialista en mi país.

Por todo ello, comencé a preguntarme si de verdad valía la pena continuar estudiando la carrera, una en la que no terminaba de encajar. Decidí que dejaría la universidad por un tiempo, creé un blog y me registré en las plataformas de trabajo freelance de la época, oDesk y Elance, con la esperanza de comenzar a reunir dinero. Aquel emprendimiento fue un completo fracaso.

Me reincorporé al año siguiente, y entre el 1 de marzo de 2013 y el 22 de julio de 2014 viví la mejor etapa de mi estancia en medicina, y acaso también de mi vida. Aunque jalé farmacología (por descuidado) en la primera mitad de 2013, en la segunda se convirtió en mi asignatura favorita, la que más ha influido en mí hasta el día de hoy. En aquel tiempo perfeccioné mis técnicas de estudio y mi método para redactar tareas en pocos días. Nunca antes (y nunca después) me sentí tan integrado con mis compañeros de clase.

También tuve mi primer acercamiento a la traducción: debido a la necesidad de presentar buenas tareas, adquirí la costumbre de leer libros y artículos científicos en inglés. cuyo contenido muchas veces terminaba traduciendo (más bien, poseditando lo que salía del motor de Google, para qué te voy a engañar) para usarlo en las tareas.

La idea de ganar dinero por Internet nunca se fue de mí, así que por alguna razón se me ocurrió que podría ofrecer el servicio de traducción. Veía que era rentable y me parecía muy adecuado para mí que me gustaba leer en otros idiomas, buscar en Internet y escribir en la computadora.

En el verano de 2014 compré un «curso» para hacerse traductor, el cual no voy a citar. (La gente del sector ya imaginará de cuál hablo.) Si bien ofrece algún que otro consejo interesante sobre mercadeo y búsqueda de clientes, me dejé llevar por mi síndrome del impostor y nunca terminé de arrancar. Después de todo, ¡solo era un pardillo que apenas había traducido un artículo de Wikipedia a duras penas! Hoy le diría a mi yo de entonces que invierta en un curso serio de corrección ortotipográfica o se inscriba en un congreso de traductores en Lima (no tenemos escuela de traducción en mi ciudad) para que se desengañe de una vez o se decida definitivamente.

Agosto de 2014 significó un punto de inflexión en mi vida.

Por una parte, perdí dinero debido a una estafa. (Lo barato sale caro, y la desesperación puede llegar a ser traicionera.) A la semana siguiente tuve mis primeras clases con prácticas clínicas… y me encontré con el estrés del trabajo hospitalario, la indiferencia de la atención médica y la insuficiencia de unos conocimientos fisiopatológicos que no había integrado del todo.

Aquel fue el inicio de un camino de separación y desilusión. Desplacé de mi corazón a la medicina para enfocarme en algo mucho más importante para mí: ganar dinero suficiente para reponer mis pérdidas e independizarme… una meta que nunca se fue de mí, la misma que tuve cuando me retiré por primera vez.

Comencé a ir a clases de mala gana y abandoné la motivación para seguir con las buenas prácticas de estudio heredadas del año anterior. Ello supuso muchos periodos de alejamiento, relaciones tensas con muchas personas y problemas académicos más graves a medida que avanzaba por la carrera.

Cometí el error de alejarme de aquellas personas que me habrían apoyado en mis sueños si tan solo les hubiera demostrado que era útil para ellos. Podría haberles traducido artículos científicos, podría haber aprendido quechua para interpretar en hospitales y corrección para ayudarles con sus trabajos de investigación. Hoy prefiero dejarlos en su mundo, ya no estoy dispuesto a hacer eso. No cuando incluso llegué a sentir cosas negativas por ellos y no cuando el gremio médico se dedicó a vender pánico y distanciamiento en lugar de aceptar lo inevitable: en esta crisis, muchos van a morir, pero son muchos más los que se arriesgarán a vivir.

En mayo de 2015, por insistencia de unos compañeros y, en parte, porque quería conocer bien la estructura de los artículos científicos que pretendía aprender a traducir, comencé a asistir a las actividades de la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina de Ica (SOCEMI), a la que le debo mucho de lo que sé sobre metodología de la investigación, publicaciones científicas y gestión de recursos humanos.

La SOCEMI me dio una nueva razón para ir a la facultad allí cuando me sentía inútil para la vida de hospital. A los pocos meses me hice miembro aspirante, y al final de ese año, con una renovada actitud por la medicina, comencé a colaborar en diversos proyectos tanto dentro como fuera de la sociedad.

Previendo que mi estadía en medicina se orientaría a la investigación, y aunque cada vez iba menos a las clases, me registré en el CTI Vitae CONCYTEC y en ORCID, si bien ahora conservo los perfiles por pura monería, pues jamás realicé publicaciones científicas de verdad. Y, cómo no, cada vez que podía, viajaba para asistir a congresos y asambleas estudiantiles en otras ciudades, eventos que sería tanto largo como inútil detallar.

También aporté mis habilidades informáticas para las actividades de la SOCEMI, y seguramente los resultados eran del agrado de los otros miembros porque en noviembre de 2016 resulté elegido tras postular al cargo de director del Comité Permanente de Difusión e Imagen Institucional de la sociedad, posición que ostenté hasta diciembre de 2017.

Mis funciones incluían el manejo de los medios oficiales de la SOCEMI (periódico mural, boletín informativo, página de Facebook y sitio web) y el apoyo en la organización de diversos eventos académicos y científicos. Ser el director de imagen me encantaba tanto que intentaba estar en casi todo con mi cámara fotográfica y pasaba los días elaborando afiches o retocando las imágenes que los otros directores me enviaban para subirlas a la página.

En aquellos proyectos me di cuenta de lo difícil que es trabajar con la gente. No todos tenemos las mismas inclinaciones para las mismas tareas. No todo el mundo comparte tu adhesión al hazlo tú mismo, no puedes otorgar responsabilidad a alguien solo porque te cae bien y se ofrece a ayudarte y no puedes ignorar que, a diferencia de alguien que ya había dejado de ir a clases, tus colaboradoras tienen también una vida dentro de la universidad, una carrera que disfrutan y que siempre será su prioridad.

Tras un año convulsionado, dejar la dirección de imagen a mi sucesora, un último proyecto en el verano de 2018 y una situación que me obligó a repensar en lo que hacía con mi vida, decidí cortar con lo (poco) que me unía a la medicina. Renuncié a la SOCEMI y, con ello, dejé de ir a la universidad. Llevaba más de un año sin ir a clases, y aunque prometía volver, la idea no terminaba de entusiasmarme. Aquel fue el desenlace previsible de lo que había iniciado en el invierno de 2014, el fin de un camino divergente que lentamente me separó de esa carrera que no era (y, por ahora, no es) para mí.

Retirarme fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida.

Poco a poco recuperé la paz que había perdido tras varios años de desencanto, envidia e insatisfacción. Una paz que la sociedad, a pesar de los buenos momentos, nunca me devolvió, como tampoco hizo que olvidara por completo mi sueño de ganar dinero y hacerme una carrera por Internet.

Con mucho tiempo libre por delante, en estos últimos años me lancé a practicar habilidades que, supuse, podría vender en el futuro, como la traducción y el diseño gráfico. Además, me lancé a la lectura y a la autoformación basándome en la alternativa a la universidad propuesta por Borja Prieto hace varios años. Algunos de los libros que más influyeron en mí durante esa etapa los encuentras en Libros para entender la realidad.

Aunque la crisis coronavírica de 2020 y el consiguiente arresto domiciliario me golpearon, como a todo el mundo, intenté mantenerme positivo. Después de todo, llevaba ya más de un año de distanciamiento social y descubrí que no quería estar del lado de los médicos (ni del gobierno) con sus medidas de pánico. Continué con mi autoformación y realicé algunas traducciones para plugins de WordPress.org en su propia plataforma y el entorno de publicación Pressbooks en Transifex. Tengo algunas más, todavía en borrador, que espero publicar en los próximos meses.


Imagen de cabecera: Selfi de Eduardo Vera-Palomino (o sea, mía) tomada en junio de 2017 y distribuida con una licencia Creative Commons Atribución 4.0.