¿Aún crees en la magia?

Un día encontré en Twitter que alguien preguntó algo como «¿qué cosas raras creían cuando eran niños?».

No guardé el tuit original y, ahora que lo busco, es una pregunta tan común que no consigo identificar a la persona de quien la leí por primera vez.

Pero sí estuve pensando en ello por un tiempo.

La primera que se me ocurrió era que creía en Dios.

De hecho, luego de leer algunos de los folletos de Jack Chick y las revistas de los testigos de Jehová, suponía que se llamaba Jehová y no entendía por qué el Génesis de La Biblia Latinoamericana lo llamaba Yavé y, mucho menos, por qué en el mundo moderno se le llama simplemente Dios, Señor, y no por su verdadero nombre.

Creía en la idea judeocristiana de que la Tierra tenía seis mil años de historia y que la gente realmente vivía más de novecientos años. Cuando leí, a los diez años, los dos primeros tomos de la Enciclopedia Larousse del Estudiante (El Universo y La historia de la vida), encontré que nuestro planeta tiene una edad calculada de 4 600 millones de años y que existe una forma de trazar la evolución de las especies desde las primeras células hasta la aparición del ser humano.

Incluso así, durante los ocho años siguientes intentaba hacer concordar las historias bíblicas con lo que decían los libros ilustrados. Estaba dispuesto a reinterpretar lo que decían las Escrituras a la luz de los descubrimientos científicos que, suponía, validaban la idea de la presencia de un dios creador y omnipotente.

Creía que solo existía una única forma de vivir la religión. Crecí en una familia católica iqueña de clase media, que ya es decir una promedio en mi contexto, y cada año iba a las procesiones de Luren y de Yauca. También solía ir a fiestas patronales en la sierra, de esas que duran varios días, donde sacrifican animales (para el banquete posterior a la misa central) y se baila con banda hasta el amanecer.

En mi infancia, creía que en todo el mundo era igual, es decir, que toda la gente de la Tierra creía en el mismo Dios Y le rezaba a imágenes de cristos crucificados, vírgenes y santos. Entonces vi Qué buena raza, a los diez años, y me sorprendí con la existencia de dos religiones más: el islam y el judaísmo, cada una con sus creencias y tradiciones. Incluso recuerdo una escena en la que una musulmana se «casó» en secreto con su novio judío, una relación que ambas familias objetaban. (La «boda», si mal no recuerdo, era una tarde apasionada en una playa, pero qué más da cuando te das cuenta, al crecer, de que el matrimonio no es más que un contrato entre humanos adultos.)

Aquí también, el leer Despertad y Atalaya también hizo que viera mis costumbres católicas desde otra perspectiva, en particular el rezarle a las imágenes y a los santos, o el rezar oraciones preestablecidas como el padrenuestro o el rosario, con sus eternas repeticiones de avemarías. Solía oír de mi familia que esos grupos no eran cristianos. Recién a los doce años aprendí sobre el cisma de Oriente y la reforma protestante, y comencé a comprender que no hay un solo cristianismo.


Las cosas raras en las que creía de niño no se limitaban a la religión.

De hecho, creía en los horóscopos. A los nueve años, creía realmente que quienes escribían los horóscopos de los periódicos eran astrólogas que de verdad podían ver el futuro según nuestro signo zodiacal. Bastó una «profecía» fallida, que me hizo llorar a los diez años, para descartarlos para siempre. Además, a Diosito no le gusta la brujería, ¿eh? Pero aun después de eso, recuerdo haber acompañado a familiares en sus visitas a videntes, y me parecía que la mayor parte de las veces le atinaban en cuanto a los problemas que tenían.

Supongo que por influencia de los mayores de mi familia, también creía en el método de pasar huevo para curar el susto. La última vez que lo hicieron conmigo, si mal no recuerdo, fue luego de una escapada a los catorce años. Ahora que lo pienso, jamás me puse a pensar en si eso funcionaba y por qué. Aunque solía sentirme igual luego de esas sesiones, todavía creía que tenía algo que ver con quitar energías negativas o no sé.

Por otro lado, creía que los noticieros siempre decían la verdad, y que las noticias eran representaciones fidedignas de la realidad. Mucho más tarde entendí que sí, lo eran: representaban una realidad ebria de pesimismo (y hoy, para mi despecho, es incluso peor).

Creía que Magaly TV, a pesar de que no me gustaban sus temas de farándula, era una fuente tan confiable como, por ejemplo, Cuarto Poder, Contra Punto o Ayer y hoy —noticieros que trataban temas de política, economía o geopolítica y de los cuales solo el primero continúa al aire—. De hecho, una vez en ese último programa vi un reportaje que afirmaba que el fin del mundo estaba cerca y vendría en forma de un meteorito (o eso fue lo que entendí), ¿hace falta que mencione que me tragué ese cuento por unas horas?

Al decir «fuentes confiables», me refiero a que creía que estos programas mostraban hechos comprobables y verificables, cosas que de verdad sucedieron o sucederían en un futuro. Si todos los fujimoristas eran malos y corruptos porque lo decía la terebi, pues eran malos y corruptos (y la gente habría dejado de elegirlos desde 2001, ¿no creen?).

En línea con lo anterior, solía creer también que existía un consenso universal en cuanto a la dirección que debía tomar la sociedad. Si el aborto y la homosexualidad están mal porque lo dicen la sociedad y la iglesia, pues están mal, ¿no? Si la corrupción está mal y la gente debería votar mejor porque lo dicen los noticieros locales, pues está mal y los ciudadanos elegirían racionalmente, ¿no?

Aunque había dejado de creer en horóscopos, creía en ciertas formas de magia además de la divina. Por ejemplo, creía en el uso de huayruros y otros objetos y rituales para atraer la buena suerte. (Ahora que lo pienso, mi uso de estampitas, rosarios y biblias a los quince años servía para lo mismo, o dicho en clave eufemística, para «atraer el favor de Dios».) También creía que los sueños eran señales sobre el futuro inmediato, algo así como «si sueñas con arañas, te van a robar» o interpretaciones similares a esa que me acabo de inventar.

Eso sí, por alguna razón, jamás llegué a creer en Papá Noel. No sé, incluso cuando era niño sabía que era un personaje fabricado o producto de un mito, que aunque las películas gringas abogasen por su existencia, en el mundo real no existía algo así. Mira que incluso llegué a creer en el hada de los dientes (o me habría gustado que existiera), pero no en el gordito bonachón.

Una vez hubo un comercial cuya conclusión, para mí, era que si invitaba a la chica que me gustaba la parte de la galleta que venía con cremita, ella se fijaría en mí para mucho más que una amistad.

Video 1 Comercial de galletas de 2002.

Para mi yo de diez años, muy necesitado de creer en atajos y demasiado tímido como para acercarse a la chica que le gustaba, aquella era una fuente recurrente de fantasía. Ella ya me había mandado a la friendzone, lo que hacía que me asustara todavía más el intentar acercarme, así que nunca me atreví a comprobar la eficacia de ese método. Tampoco lo intenté en años posteriores porque ya había dejado de creer que eso tuviese algo de mágico, o estaba demasiado avergonzado como para intentarlo.


Además de todo eso, la gente me hizo creer tantas otras cosas estúpidas. Es decir, hoy sé que son estúpidas, pero en su tiempo eran para mí la vida.

A los seis años, quizá exasperada de que todavía no dejaba el biberón (que me parecía re-cómodo y que no me molestaría probar otra vez), mi madre (¿o mi abuela?) me dijo que me servía ese día en una taza porque el gato se había comido el chupón. A los nueve años, una profesora se las arregló (y le funcionó) para hacerme creer que había quedado en segundo puesto en un concurso escolar de canto (en el que había dejado de cantar a la mitad por desconocimiento de la letra). Incluso me regaló un lapicero y una libreta.

Con el tiempo me di cuenta de que ninguna de esas cosas habría pasado en realidad, que quizá ellos tenían la buenaintención de no hacerme sufrir.

Pero bien, antes de que te apresures a hacer lo mismo con tus hijas: considero que una retroalimentación realista, objetiva y persistente habría sido mucho más útil en ese tiempo.

Me habría ahorrado AÑOS de ensayo y error.

Al final, todos crecemos y alcanzamos la mayoría de edad.

El pensamiento crítico llegó a mí recién a los dieciocho años, a raíz de mi ateísmo recién descubierto. En el fondo, nunca abandoné la curiosidad por el mundo que me rodea. Además, había aprendido a correlacionar mis actos y mi esfuerzo con sus consecuencias, las buenas y las malas, y a separarlos de la influencia del azar (que ya no «designios de Dios»). A partir de entonces dejé de creer en fantasmas, en supersticiones y en santos.

A los ateos suele achacársenos que vemos el mundo desde una perspectiva muy materialista y que no tenemos espiritualidad. El realismo, por otro lado, tiene mala fama, pues suele invocársele en forma de pesimismo y excusas para no tomar riesgos.

¿Y qué si ambas cosas fueran ciertas?

La curiosidad por conocer cómo funciona la realidad, la libertad de indagar sin quedarse con el primer cuento que te sueltan y el vivir en paz con los hallazgos de esa búsqueda, incluso si no son ni la respuesta ni lo que esperábamos, no tienen por qué relacionarse con seguir una religión o no.


Sirvan estos apuntes para que conste que fui niño, como todos.

Víctima, quizá, de la tendencia universal de contarnos mentiras piadosas que, al final, nos retrasan y nos paralizan, incluso hasta la vida adulta.

Pero también víctima de mi propia inexperiencia y desconocimiento de la realidad.

Después de todo, ni todos los adultos quieren abandonar su creencia en dioses y fantasmas, ni tienen el suficiente entendimiento científico como para descartar de plano ciertos mitos sobre la salud, ni tienen el optimismo suficiente para dejar de prestar atención a los noticieros y periódicos, que siguen vendiendo tragedias y corrupción hoy lo mismo que hace veinte años.

Incluso ahora, como adulto y cada vez con menor preocupación, sigo abandonando ciertas creencias que mantuve en los últimos años. Como el idealismo de género, el absolutismo de las leyes escritas en papeles.


Imagen de cabecera: Tarot Cards Magic de MiraCosic se usa conforme a la licencia Pixabay. Video 1: Comercial Solo Oreo subido por TheGuyWithTheRedHair [YouTube]. El video no me pertenece ni se distribuye con alguna licencia libre.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino, E. ¿Aún crees en la magia? [Internet]. Ica (Perú): Shiny dreamer; 2020 sep 15 [citado 2020 sep 18]. Disponible en: https://shinydreamer.xyz/aun-crees-en-la-magia/.

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