Caminos divergentes

Mi exfacultad tiene dos instituciones tradicionales: sociedad científica y brigada de emergencias.

Es posible pertenecer a una, a ambas, a ninguna, incluso crear o resucitar una institución preexistente. El asunto es que quienes son miembros tanto de la sociedad como de la brigada reciben el apelativo cariñoso de «divergentes».

Parece un término bonito… hasta que consultas el diccionario, donde se ve que transmite la idea de división y separación.

Por definición, una sociedad científica proporciona asesoría en metodología de la investigación y fomenta el contacto con mentores y especialistas en la generación de conocimiento. Una brigada o comando operativo, por su parte, capacita a sus pares en procedimientos (primeros auxilios, anamnesis y examen clínico) y presta apoyo en emergencias y en nuestras muy tugurizadas fiestas religiosas.

Si bien creo en la integralidad, y aunque al ampliar sus campos de acción hay muchas superposiciones, se trata de dos especialidades diferentes, cada una con sus propias habilidades y su propio enfoque de la realidad.

Es posible, incluso, tender a inclinarse más por uno de esos rubros. Yo mismo, aunque pertenecí a las dos instituciones, me consideré más societario que brigadista, quizá porque confío más en mis habilidades para recopilar datos y sintetizar información que en las que pueda tener para hacer un Heimlich o colocar una venoclisis. Por supuesto, también conoci a personas con el perfil opuesto.

El espectro de actividades de la sociedad científica es mucho más amplio: abarca actividades científicas y académicas, campañas de proyección social, intercambios estudiantiles, capacitación en procedimientos y temas de salud pública, sexualidad y derechos humanos, etc. En la práctica, encaja mejor en la categoría de asociación estudiantil; estas sociedades multipropósito existen en muchas escuelas de medicina y suelen agruparse en macroentidades nacionales e internacionales como FELSOCEM o IFMSA.

Es técnicamente posible ser «divergente» dentro de una asociación estudiantil si te interesan los temas académicos Y la investigación Y la atención primaria, o nada de eso.

Mis excompañeros de la SOCEMI quizá me recuerdan más por mi trabajo como director de imagen, aun cuando también participé en algunas investigaciones. Me gustaba conocer y estar en todo, algo muy positivo y muy útil cuando ostentas un puesto directivo: sabes que tus decisiones afectarán de alguna forma al resto del sistema.

Por otro lado, no suelo hablar mucho de mi participación en el COE, muy discreta y muy limitada; eventualmente tuve que dar un paso al costado antes que permitir que mi torpeza me hiciera poner en riesgo una vida.

Si se evalúan según el impacto en la formación médica y el aporte de valor a los futuros pacientes, los fines de una sociedad y una brigada son, hasta cierto punto, convergentes, compatibles y complementarios. El científico observa los procedimientos de la brigadista y pretende explicar por qué la medicina funciona; la brigadista estudia las explicaciones del científico y las aplica allí donde la gente de a pie experimenta algún malestar.

En cualquier caso, nunca me consideré «divergente». Siempre trataba de hallar puntos en común, experiencias que pudiera extrapolar e intercambiar en ambos contextos. Aun ahora, a todo aquel que me dice que quiere postular o acaba de ingresar a medicina le recomiendo encarecidamente que pase tiempo colaborando en ambas instituciones.


Hemos convivido por muchos años, y aunque admiro tus fotografías de vida perfecta de Instagram (admito que me superas en este aspecto), me atrevo a señalar que tus mayores defectos son:

  1. Tienes un gusto lamentable para diseñar anuncios.
  2. Ignoras qué es el Aureliashipping.
  3. Desconoces a la que cantó 「幸せの意味を生まれゆく日々に何度も紡ぎだすよ」.

Por supuesto, yo tampoco soy perfecto.

  1. Me asquean el olor de la pizza y el sabor del queso.
  2. Me asquea Te boté (y me asquea el reguetón en general).
  3. Me importó un comino el desempeño peruano en el mundial de Rusia; debo ser de los poquísimos en este país que jamás se subieron a ese coche.
  4. Hace años dejé de creer en el mérito de tener amigos imaginarios, de cartón y de yeso.
  5. Soy malísimo para llevar una doble vida. ¿Aguantar un par de años más en la facultad para hacerle creer a mi familia que la medicina todavía es una buena idea?

Podría seguir todo el día.

La verdad es que no necesitas conocer ni el roast de Caché ni las evoluciones de Iibui ni los movimientos de Scheherezade de Rimski-Kórsakov.

Tu talento es manejar el bisturí y la pinza, y el mío, bien lo sabes, es manejar el teclado y la pluma.

Tú eres feliz porque puedes relacionarte con niñas y niños que comparten tu afición por aplicar la última guía clínica de la ADA estadounidense en los barrios periféricos de Ica-llaqta, y seguirás teniéndola aunque salgas decepcionada de las clases y prácticas porque no supiste responder sobre la fisiopatología y el diagnóstico de esa enfermedad autoinmune que solo Chinchaycámac conoce y cuyo tratamiento cuesta más que toda tu urbanización.

Me temo que, ahora mismo, esa vida no es para mí.

La medicina requiere una serie de actitudes y aptitudes que, simple y llanamente, ni tengo ni me interesa adquirir por ahora. Antes que volver a pisar un hospital a las siete de la mañana, prefiero escuchar Koisuru Universe de SCANDAL mientras disfruto de un heladoctógono de 450 miri a las once de la noche de la mitad del invierno. Déjame sacarme el IoLET DipTrans, recorrer el qhapaq ñan a pie y conocer a un montón de chicas kawaii, y ya veremos si me animo a volver.


¿Sabes qué encuentro en la gente a la que le digo que me retiré de la medicina porque no me gusta?

Mucho, muchísimo descreimiento.

Para muchos, es más fácil pensar que tengo problemas económicos.

No los culpo. Solo veían al societario que hacía afiches bonitos, enseñaba en cursos de verano y le prometía a todo el mundo que algún día haría su retorno triunfal a las clases de cirugía.

Un efecto indeseado de pasar de (seudo)estudiante de medicina a vendedor ambulante (y, durante un tiempo, a recogedor de botellas de plástico en los botaderos) es que atraes una de las emociones más odiosas que puedes despertar en otro ser humano: la lástima.

Recuerdo que una tarde se me acercó un señor a quien, lo juro por la memoria de mi gata minina, nunca había visto en mi vida. Me dijo que sabía que venía de la facultad de medicina e incluso que participé en la SOCEMI. Intentó ofrecerme ayuda económica y me dijo que «comprendía» que «todos tenemos problemas» y no se qué otro floro.

Diez minutos antes hubo cerca un accidente de tránsito con heridos. Al señor le dije que si yo tuviera algún interés verdadero en ser médico, habría ido a ayudar; su respuesta (que ya no recuerdo bien) me demostró que él no entendía el punto. Incluso como estudiante, uno debería querer ser útil a los demás mediante la aplicación de los conocimientos que va adquiriendo. Simplemente apliqué eso de Primum non nocere. Preferí mantenerme al margen y dejar que se hicieran cargo los expertos. Además, no me gusta meterme en las desgracias ajenas. Esa actitud es muy inconveniente si intentas convertirte en profesional de la salud.

Algunos intentaron «hacerme entrar en razón», supongo, con esa cantaleta de que todos tenemos problemas y depresiones y yo también lo quise dejar y ya sabes cómo es la facultad y no hay que rendirse. Cansa explicar lo mismo una y otra vez, así que intento alejarme de la forma más arisca posible cuando veo que alguien se pone en ese plan.

Por supuesto, también hallé personas que comprendieron mi decisión (o no les importa, lo cual me parece mucho mejor).

Una doctora egresada que también fue mi compañera de clase durante tres años de básicas, al verme un día de verano con mis folletos de ambulante y luego de explicarle por qué no tenía intención de volver a la carrera, me dijo: «Si no te gusta, es mejor que lo dejes».

¡Gracias!

A mí me gusta ver que mis compañeros se van sacando el título, están trabajando en sitios interesantes, participan en eventos científicos nacionales y hacen rotaciones y pasantías en otros países. Me gusta ver que disfrutan de su profesión, leer sus artículos científicos y escuchar sus historias de hospitales y servicio rural.

Eso es lo que digo ahora, pero durante años, esas mismas acciones despertaban mi envidia.

Envidia porque ellos podían sentirse orgullosos de lo que hacían mientras yo vivía una vida a medias. Envidia que, aun cuando ni yo mismo reconocía su existencia, más de una vez me llevó a perder amistades, ya sea por conflictos o por distanciamiento.

Una noche de verano vi una foto en la que salían dos compañeros mucho menores que yo felices en una práctica de quirófano. Recuerdo que para ellos hubo una lluvia de pulgares y corazones… y que el golpe para mi orgullo fue tan insoportable que me llevó a preguntarme qué carajo estaba haciendo con mi vida, porque se suponía que debía estar feliz por ellos y no era así…

Se suponía que yo mismo debía querer estar allí en los próximos meses, y esa era una posibilidad que odiaba con toda mi alma.

Esa noche llegué a la conclusión de que ya era suficiente, que lo mejor era dejarme de buenas palabras y no volver.

Ya no era parte de ese mundo.

Ya no tenía nada de valor para ellos.

Ya no creíamos en las mismas ideas.

Nuestras diferencias se habían tornado irreconciliables.

Nuestros caminos se habían tornado realmente divergentes.

Aunque por momentos echo de menos mi vida como estudiante de medicina, no me arrepiento de haberla dejado atrás y sí de no haberlo hecho cuatro o cinco años antes y de todo lo que hice gastar a mi familia en ese proceso.

La distancia me ha mostrado lo que necesitaba aprender antes de llevar mi vida al siguiente nivel.

Me ha llevado hasta el limbo donde creía que terminaba el mundo… donde nuestra historia termina… hacia un mundo sin recursos, un mundo donde toca volver a empezar…


¿Recuerdas nuestras charlas y nuestros abrazos? ¿Recuerdas nuestros días de intenso trabajo?

Hay un momento que recuerdo con mucho cariño, y va del 1 de marzo de 2013 al 22 de julio de 2014, aquellos meses farmacológicos y parasitológicos de incontables lágrimas y cálidas sonrisas, en medio de una era inigualable de paz y prosperidad…

La sociedad y la brigada llegaron a mí mucho después, y si bien me dieron una sensación de utilidad allí cuando me sentía inútil para la vida de hospital, jamás hicieron que vuelva a tener un interés real por la medicina, ni me devolvieron el sentido de propósito que tuve en aquellos meses.

Ya no estamos en ese lugar ni en esos días.

Sabes bien que los tiempos no volverán.


Imagen de cabecera: Railway Technology Train de geraldfriedrich2 se usa conforme a la licencia Pixabay; imagen desaturada a partir de la original.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino, E. Caminos divergentes [Internet]. Ica (Perú): Shiny dreamer; 2020 sep 15 [citado 2020 sep 18]. Disponible en: https://shinydreamer.xyz/caminos-divergentes/.

Últimas entradas de Eduardo Vera (ver todo)
¡Compartir es agradecer! 🎉

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *