Una historia sobre depresión y una reflexión luego de varios años

La depresión es una cosa horrible.

Lo sé porque he vivido durante varios años bajo su yugo.

Es horrible porque te quita productividad, te quita las ganas de hacer cosas que te permitirían salir de allí.

Y es revelador saber que tiene una fisiopatología definida. Que otras enfermedades también pueden predisponer a su aparición, pero que también puede ser heredada. Que existen factores de riesgo.

En su momento, hablé con muchas personas sobre mis preocupaciones, sobre mi angustia. Cometí muchas locuras debido a la depresión: el dejar de ir a clases, el depender de aplazados para aprobar cada ciclo, el salir con aquella otra mujer solo para robarle un beso insípido.

Acaso si a la chica que realmente me gustaba quise tenerla entre mis brazos, también fue por la depresión, porque ella en cierto modo conseguía calmarme. Ella me prestaba cierta atención.

Y era una pequeña muñequita llena de kawaii.

Tal vez la única razón por la cual pensaba eso era que, en medio de mi falsa interpretación de la realidad, la veía como alguien frágil, como alguien a quién proteger y por quién mejorar. Ella ya dejó de representar esas cosas para mí. Ahora creo que puede defenderse sola. O al lado de ese alguien más.

He hablado con muchas personas, pero nadie supo entender. De todos modos, agradezco a ese buen amigo que finalmente me recomendó visitar a un psiquiatra. Quizá eso era lo que faltaba en mi vida.

Luego de haber intentado casi todo.

Luego de darme por derrotado, dominado por los vicios.

Quizá eso era lo que más necesitaba. Tenía que haberlo reconocido antes en vez de vivir ocultando mis problemas con el mundo y la realidad, en vez de leer a los neuróticos anónimos. Si me volví ateo, tal vez fue a causa de la depresión, y si bien la visión realista atea es un avance, es difícil determinar qué tan dispuesto habría estado a acoger esa cosmovisión si no hubiera mediado el desánimo.

La depresión me limitó demasiado.

Me aisló de tantas oportunidades de tener amigos, de tantas chicas a quienes quise conocer a fondo, de tantas noches traviesas y tantas tardes soleadas en un parque. Impidió que pusiera mi máximo esfuerzo durante las situaciones más tensas de mi vida, aquellas que requerían un mayor empuje. Ahogó mi motivación en muchos sentidos. Al permanecer con baja energía, me resultaba difícil reconstruirme por completo… mientras mis compañeras de clase podían jactarse de una vida totalmente realizada.

Había caído muy bajo.

Aun así, puedo ver reconstruidas mis emociones con el mentado tratamiento.

Casi no hubo momentos de ansiedad e inquietud; me mantuve relativamente tranquilo. De todos modos, hay instantes en los que la ansiedad es inevitable. El tratamiento no lo cura todo, pero al menos puedo recuperar funcionalidad. No sé cómo no lo entendí antes. No sé por qué la gente no lo menciona tan seguido.

Se me antoja que la gente sabe mucho sobre la diabetes, los ACV y la obesidad. Pero no se hace tanto hincapié en la depresión y las enfermedades mentales, ¿por qué? Vaya uno a saber.

La depresión debería detectarse y tratarse en la atención primaria. Debería valorarse junto con el resto de la evaluación clínica. Cuanto menos, merece algo más de propaganda. Porque es doloroso querer producir y no tener ganas de hacer nada más, tener un ánimo decaído y sentirse con la autoestima por los suelos.

Es doloroso tener que aislarse de los demás, buscar diferentes formas de escapar y que la más viable parezca ser la muerte. Es doloroso que te estafen y no tener la energía para reclamar lo que por derecho te corresponde.

He sentido dolor con cada derrota, con cada fracaso, con solamente ver el paso de los días mientras otras personas vivían más y más…

Tantas lágrimas que nunca se lloraron, tantos besos y abrazos que nunca se dieron… tanto sufrimiento por varios largos años… ¿quién puede vivir con esa carga?

Es algo muy pesado para una sola persona, y peor cuando se es diferente a la mayoría. Mi método de aprendizaje consiste en echarme a leer en mi habitación sin que nadie más moleste. La medicina me importa bastante menos que a la persona promedio de la facultad, acaso por eso me molesta que traten de vendérmela como si fuera lo máximo. En cualquier caso, en medio de mi cosmovisión, la enseñanza de la facultad sigue dejando mucho qué desear y no hay motivo para meter la mano. De todos modos, probablemente nunca ejerceré la carrera, así que ¿cuál es la prisa?

Las clases teóricas y prácticas, las exposiciones… uf, son un trámite engorroso. Prefiero solo ser evaluado y ya.

De todos modos, son cosas que hay que hacerlas. Por lo menos, para dejar pasar los días. Quiero terminar esto cuanto antes. Quiero con toda mi alma irme de este lugar cuanto antes.

Pero los deseos no sirven de mucho sin energía para lanzarse a realizarlos. De nada sirvió desear tanto a ciertas chicas en etapas distintas de mi vida, porque no he realizado las acciones que me habrían permitido estar con ellas en su debido momento. Es curioso el haber llegado al punto de no desear a nadie más, haber llegado al vacío existencial.

Es una situación incómoda… desconocida, extraña y frustrante…

Al final, si volví a ponerme de pie fue por el tratamiento. Es extraño imaginar qué habría pasado en estas tres semanas si hubiera pospuesto indefinidamente la visita al psiquiatra.

Tiendo a olvidar todo lo demás, por eso me resulta difícil recobrar lo que sentía en mis días de profunda depresión.

De todos modos, tampoco significa que haya recuperado mis placeres al completo. Simplemente he recobrado la capacidad de funcionar en un mundo social, aun cuando mi esfuerzo real en las esferas académica y económica sigue siendo insuficiente.

La chica que me gustaba antes de que mi gusto por la carrera se fuera al tacho ya tiene pareja. En más de un año de entrenamiento clínico surgieron muchos vacíos en mi formación debido a las cosas que dejé de lado durante la depresión.

El verdadero reto de esta realidad es emplear esta capacidad de funcionar para reconstruir mi vida, mis placeres y mi realidad, resolver los problemas más importantes y urgentes de este instante, y construir un estilo de vida.

La depresión es depresión, desánimo, falta de ganas, y muchas veces la mera psicoterapia y el mero pensamiento positivo no suelen ser suficientes. De allí la importancia de los fármacos. O de un placebo.

Lo que más me angustiaba en las etapas más oscuras de mi vida era el no ser comprendido. Ahora que esa situación se ha superado, puedo comenzar a abordar otros problemas.

La razón por la cual quiero hacer una carta al editor es porque, de alguna forma, quiero dar a conocer esta problemática, quiero que las personas puedan hacerse una idea de lo angustiante que puede llegar a ser. A veces uno tiende a creer que la gente está allí porque quiere estar allí, porque no quiere hacer el esfuerzo necesario para ser más. Lo que no necesariamente es cierto.

Tal vez no con la frecuencia que uno cree.

Los problemas pueden propiciar la depresión. También existe un componente ambiental y cognitivo de importancia. Sin embargo, también puede tratarse de un capricho de la fisiopatología.

He convivido durante años con esta enfermedad. Ahora he conseguido ponerme de pie.

Sin embargo, ha sido una cuestión de suerte.

Quienes no la tengan, actuarán con un cuchillo.

Es claro que esto no me exime de responsabilidad. Sería injusto de mi parte, porque me mantuve al tanto de mi estado de conciencia y mis funciones mentales durante estos años. Sin alucinaciones. He estado en mis cabales. Por eso, tengo que asumir las consecuencias de mis actos.

Aun así, alguien tendría que haberse dado cuenta.

La fisiopatología de la enfermedad mental no suele enseñarse en esta facultad, no entiendo por qué. Al final, es probable que mucha gente no sepa que existe. De todos modos, sería como culpar a mis amigos si yo tuviera hipertensión o diabetes y nadie se diera cuenta.

Tiene sentido.

Tal vez el propósito [de una carta al editor] sea vender la idea de que la depresión mayor puede explicarse de manera fisiopatológica, puesto que el cuerpo y la psique están interrelacionados. Un desequilibrio orgánico puede desencadenar una serie de alteraciones en el funcionamiento social. Se sabe que ciertas enfermedades pueden ocasionar un síndrome depresivo.

Deja de echarle la culpa a los demás.


Lo que leíste hasta aquí es, con algunas modificaciones, algo que escribí en mi diario en noviembre de 2015, semanas después de recibir el diagnóstico psiquiátrico de trastorno depresivo mayor.

Venía de una época horrible, ¿cómo describirla? Me sentía completamente aburrido y ansioso sin razón aparente, a tal punto que prefería quedarme en mi cuarto en vez de ir a la universidad y a las prácticas de hospital. El desgano podría compararlo con el que sentirías si un día muriese alguien importante para ti, si por robo o estafa perdieras todos tus ahorros o si hubieras terminado una relación de pareja. Yo no atravesaba ninguna de esas situaciones, pero sí llegué a sentirme así durante años, tanto antes como después de escribir esos párrafos.

Supuse, como muchas veces, que algo estaba mal conmigo. Justo en ese tiempo comencé a familiarizarme con la fisiopatología y muchos otros aspectos de la depresión. Digamos, pues, que compré la idea de que mis problemas surgían de la «nada» y fui al psiquiatra con la idea de que me ayudaría a recomponer mis emociones. Después de todo, como ocurre con las demás funciones orgánicas como la digestión y la atracción sexual, sí existe una fisiopatología de las emociones.

Aunque considero que la visita me hizo algún bien en su momento, no creo que el tratamiento haya sido la gran cosa. Cuando lo pienso, me parece que el doctor se enfocó más en el aspecto farmacológico que en tratar de hallar el problema de fondo: yo estaba en donde no quería estar, pero no me atrevía a cortar con aquello. ¿Cómo iba a saberlo él? ¿Cómo iba a saberlo yo en ese estado?

No había forma.

Yo creía que la respuesta estaba en insistir, que el tratamiento (que, creía, sería con fármacos y también con psicoterapia) me daría las herramientas para seguir el camino que tenía en aquel entonces. Por ello, apenas recuperé algo de buen humor, me comprometí en cien proyectos que, aunque me obligaron a madurar, hicieron que dejara de lado mis sueños por al menos dos años más.

Como ya era miembro de una sociedad científica, sentí que tenía la obligación moral de escribir una publicación. La depresión me parecía un buen tema para empezar, y la carta al editor es el formato que suele recomendarse a los principiantes en estas lides. Sin embargo, me dejé arrastrar por los otros proyectos en los que empecé a colaborar, así que terminé abandonando la idea.

Luego de muchos años y cientos de miles de palabras leídas sobre la condición humana, ahora considero que la depresión es un sentimiento persistente de desgano, derrota y desasosiego ante los embates de la vida, un estado en el que no hay espacio para la esperanza ni para los sueños.

Mucho del discurso bienintencionado para «ayudar» a los deprimidos se basa en el mantra de que «la vida es bella». ¿Tú crees que se sentirían mal o intentarían matarse si de verdad creyeran que pueden disfrutar de la vida en sus circunstancias actuales?

No nos engañemos, la vida es dolor y sufrimiento. No hay una razón para haber nacido. Si te hubieran abortado o hubieras muerto antes de los dos años, no te habrías enterado. ¿Para qué molestarse en levantarse y luchar cuando es sabido que no existe algo así como un «propósito de la vida»?

Si la vida no tiene sentido, es nuestra responsabilidad hallar uno para estar en paz con nosotros mismos y con el mundo. Si la vida no tiene sentido, es posible elegir o crear el que mejor se adapte a nuestro ser. Soy de la idea de que uno quiere vivir porque quiere hacer cosas. No puedes «obligarte a querer hacer» allí donde no tienes tranquilidad. Necesitas hallar un incentivo que te funcione, prepararte para trabajar duro y también aprender a disfrutar del camino.

Si la depresión es una debilidad persistente, su contraparte sería una actitud sana ante los problemas. No pidas protección; pide que te enseñen a ser fuerte para resistir, responder y proteger a otros. No pidas garantías; pide herramientas para gestionar el riesgo y aprovechar las oportunidades detrás de las crisis. No pidas respeto (ni lástima) por tu condición; pide sabiduría y madurez para lidiar con la indiferencia ajena, aceptarla y seguir caminando hacia tu propia luz. Nadie te pide cambiar el mundo, y aunque fuera así, recuerda la moraleja de que no hay cambio mundial si no se empieza por uno mismo.

Nadie sale de la depresión quedándose en casa e infoxicándose con noticieros y redes sociales. Hace falta aventurarse por el mundo, estimular la curiosidad por lo que nos rodea, pasar tiempo con personas de actitud mental positiva, desarrollar disciplina y resiliencia, establecer metas e intentar cumplirlas y, sobre todo, desprenderse de aquello que mata nuestra paz, aun si eso implica cortar una relación, abandonar la universidad o quemar las naves del pasado.

De hecho, si pudiera volver a mi mundo de 2015, intentaría convencer a mi yo de entonces que se deje de buenas intenciones y deje la universidad para perseguir su sueño de ser escritor y traductor. Es más, le obligaría a mantener el contacto con sus amigos, a atreverse a mostrarles su trabajo y a preguntarles cómo puede ayudarles a conseguir lo que quieren. Porque una vida pacífica en la que eres útil a los demás (y lo sabes, y te encanta) es una fuente invaluable de satisfacción. Quizá solo entonces le habría dicho que vaya con otro psiquiatra para recibir los fármacos respectivos.

A pesar de lo ya comentado, no estoy en posición de aconsejar a alguien con depresión, ni pretendo estarlo. No más de lo que podría decirle que busque la ayuda de una experta que de verdad esté familiarizada con la condición humana. Como mucho, podría desincentivar a otros a intentar ayudar a personas así, a menos que desarrollado una empatía genuina para acoger los problemas ajenos.

En fin, la depresión podría interpretarse como una de las muchas pruebas necesarias para alcanzar la madurez. En ese sentido, estoy a favor de enseñar a otros a reconocerla y a superarla. En cambio, no comparto la visión de que los deprimidos son gente frágil cuya condición se cura solo con medicamentos y no se asocia con otras circunstancias individuales. Porque no les hacemos ningún favor.

¿Qué crees tú?


Imagen de cabecera: Photo of Bored Woman in Blue Sleeveless Dress Sitting on Window de Becca Correia se usa conforme a la licencia Pexels.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino E. Una historia sobre depresión y una reflexión luego de varios años [Internet]. Ica (Perú): Shiny dreamer; 2020 oct 6 [citado 2020 %b 21]. Disponible en: https://shinydreamer.xyz/una-historia-de-depresion/.

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